SARS, Ébola y ahora SARS-CoV-2: estos tres virus altamente infecciosos han causado pánico global desde 2002, y los tres saltaron a los humanos provenientes de animales salvajes que viven en densos bosques tropicales, a partir de la deforestación.

De hecho, las tres cuartas partes de los patógenos emergentes que infectan a los humanos saltaron de los animales y muchos de ellos habitan en los ecosistemas forestales que estamos talando y quemando para utilizar las tierras para cultivo, minería y vivienda. Así lo advierte un artículo publicado en la revista Scientific American.

El virus responsable de la pandemia de COVID-19 pertenece a la familia de virus denominada coronavirus, que es muy común en mamíferos y aves. Sin embargo, estando en equilibrio, estos patógenos no suelen causar enfermedades. Cuanto más deforestamos, más contacto tenemos con la vida silvestre y cuanto más obligamos a esos animales a concentrarse en áreas más pequeñas donde pueden intercambiar con mayor facilidad microbios infecciosos, más aumentan las posibilidades de que aparezcan nuevas cepas.

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Al mismo tiempo, la deforestación reduce la biodiversidad, y las especies que sobreviven tienen más probabilidades de albergar enfermedades que pueden transferirse a los humanos. Todos estos factores conducirán a una mayor propagación de patógenos animales en las personas, del mismo modo que ha ocurrido hace algunos meses con esta pandemia.

Frenar la destrucción de ecosistemas

Detener la deforestación no solo reducirá nuestra exposición a los nuevos desastres, sino que también reducirá la propagación de una larga lista de otras enfermedades que provienen de los hábitats de la selva tropical: Zika, Nipah, malaria, cólera y VIH entre ellas. Un estudio de 2019 determinó que un aumento del 10 por ciento en la deforestación aumentaría los casos de malaria en un 3,3 por ciento; eso sería 7.4 millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, a pesar de las numerosas protestas mundiales, la deforestación sigue siendo desenfrenada. Un promedio de 28 millones de hectáreas de bosques han sido taladas anualmente desde 2016, y no hay signos de desaceleración. Ni la cuarentena actual ha logrado frenar la tala de árboles nativos, que Greenpeace estima en más de 6.560 hectáreas entre el 15 de marzo y el 15 de abril en las provincias de Salta, Santiago del Estero, Formosa y Chaco.

¿Cómo ayudar desde nuestro lugar?

Las sociedades pueden tomar numerosas medidas para evitar la destrucción. Comer menos carne disminuirá la demanda de cultivos y pastos para alimentar el ganado y tierras para la ganadería. Comer menos alimentos procesados ​​reducirá la demanda de aceite de palma -que también es una materia prima importante para los biocombustibles- gran parte de la cual se cultiva en tierras taladas de bosques tropicales.

Del mismo modo, es importante ejercer mayor control para detener el tráfico ilegal de fauna silvestre y el mascotismo; así como volver a prácticas agroecológicas que no impliquen el uso de venenos que matan organismos animales y vegetales, contaminan el medioambiente y afectan la salud humana.

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La reducción del desperdicio de alimentos también podría disminuir enormemente la expansión de las superficies de cultivo. Del 30 al 40 por ciento de todos los alimentos producidos se desperdician y, en contrapartida, miles de millones de personas pasan hambre.

Poner fin a la deforestación e impedir las pandemias abordaría seis de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas: garantizar una vida sana, poner fin al hambre, lograr la igualdad de género, garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles; proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres y combatir el cambio climático y sus efectos.

La pandemia de COVID-19 es una catástrofe, pero puede llamar nuestra atención sobre los enormes beneficios que la humanidad puede lograr al no sobreexplotar el mundo natural. Las soluciones a las pandemias son soluciones de sostenibilidad.


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