En la era virtual, los niños nativos digitales prefieren el libro de papel. Paradojas del horizonte que se vislumbra en uno de los sectores literarios y editoriales en continuo crecimiento y metamorfosis.

La lectura por placer sigue presente, pero con cualidades que ganan protagonismo: la conciencia de la responsabilidad de estos libros como orientadores y reflejo de la sociedad, el cuidado en la creación de personajes que deben competir con la galería de modelos dudosos de Internet y la presencia de la diversidad sexual y afectiva.

Entonces, ¿qué es un libro en el siglo XXI? Para Barry Cunningham, editor de Roald Dahl y J.K. Rowling, “sigue siendo un objeto físico para contar historias y compartir inspiración: un transmisor de amor, esperanza y peligro -y uno para poner bajo la almohada y compartir con sus niños-”.

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Aunque muchos vaticinan la preeminencia virtual, la realidad es que “el libro infantil es muy poco digital”, asegura Sophie Van Der Linden, escritora de infantil y juvenil y álbum ilustrado, a El País.

Contar es el verbo indestronable en las nuevas rutas señaladas por escritores, ilustradores, editores y agitadores literarios de infantil y juvenil, algunos de ellos, como Cunningham y Van Der Linden, presentes en el IV Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil -CILELIJ-, organizado por la Fundación SM, bajo el lema Historias como nunca. Narrativas en un mundo hiperconectado. Este año el Congreso se ha realizado de manera virtual del 1 al 3 de julio como consecuencia de la COVID-19.

La razón de que la metamorfosis a lo digital sea lenta, dice Van Der Linden, es que el público no se encuentra en el universo digital. “Las aplicaciones funcionan bien, pero los libros digitales, significativamente peor”, reconoce la autora francesa.

El espíritu lúdico y la promesa de diversión para los pequeños siguen alojadas en los libros tradicionales. Nunca antes, explica Van Der Linden, “se han visto tantos pop-up, papeles bonitos, bellas impresiones. El libro intenta jugar a ganar en su propio terreno: la impresión”. Mientras, lo digital lleva el enemigo dentro: “Dependiendo del formato, tienden a quedar obsoletos pronto por la rápida evolución de los sistemas. Quizás haya que esperar a otra generación para ese cambio y dominio digital”.

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Nadie discute el alcance masivo a través de lo virtual, pero la eficacia y empatía con los lectores no está clara, reflexiona Esther Madroñero, de la librería Kirikú y la bruja, de Madrid: “El papel toma fuerza. Los niños quieren explorar en lo infantil donde la imagen es importante y el soporte papel llena muy bien esas posibilidades”. Entre los jóvenes ocurre algo parecido. Según Madroñero, “en ellos el libro de papel cumple varias funciones, de objeto o de colección, aunque ellos como comunidad se muevan en la red”.

En el ciberespacio los libros tienen adversarios fuertes, advierte el escritor Juan Villoro. Un modo de contrarrestar esto, recomienda el autor mexicano, es “ser fiel a lo que solo la literatura puede hacer. Cuando un libro trata de parecerse a un video o una página web, pierde su naturaleza. El lenguaje genera imágenes, las palabras se oyen en la mente, sus historias generan secuencias. Ese viaje es único. Mientras más fiel eres a tu aldea, mejor puedes presentarla al mundo”.

Conciencia de la realidad

Entran en juego temas y personajes que ya están o se avecinan. Luis Leante, reciente ganador del Premio Edebé por Maneras de vivir, reconoce que una de las características asumidas es que estos libros son fuente de orientación o formación y no solo de placer. Pero aclara que ese plus no es imprescindible. “Un buen libro”, sentencia Leante, “debe ser fiel al arte, no adoctrinar ni dar lecciones morales, sino dar los elementos para que el lector decida”.

Los autores deben tener en cuenta la conciencia de la realidad porque, advierte Cunningham, “los villanos caminan en nuestro mundo: ahora es más importante que nunca tener cuidado y cambiar nuestros rumbos”. Las tendencias apuntan, añade el editor, a obras que tienen el poder de imaginar el mundo personal y del planeta “con nuestros compañeros los animales y nuestro mundo natural frágil”.

Hace nueve años, Ana Juan se adelantó sin mucho éxito en Estados Unidos con Revolución en la tienda animales, que denuncia las condiciones en que viven allí los animales. Este 2020 ha recuperado el libro en España en Baobab porque “los animales se merecen un trato mejor que el que reciben en esas tiendas”.

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Otra línea del relato es la del respeto y reconocimiento de la diversidad sexual. Nando López, reciente premio SM Gran Angular con La versión de Eric, funde en este thriller cuestiones sobre identidad de género. “Los lectores de literatura infantil y juvenil buscan cada vez más verdad: personajes con aristas, con luces y sombras que rompan los roles y estereotipos”, señala.

No duda en asegurar que “la inclusión real de la diversidad —en el más amplio sentido de la palabra— es uno de los retos” de esta literatura. Se trata de pensar en los intereses de los niños y jóvenes y no en los de los adultos, recuerda Andrea Valbuena, poeta y muy presente en las redes.

La parte escolar tiene una tendencia fuerte que pasa de los adultos a los menores: la no ficción y divulgación científica, sobre todo, como material complementario a las clases y lecturas independientes, cuenta Eusebio Lara, jefe de producto de Loqueleo, de Santillana. La lectura en papel en jóvenes y niños, añade Lara, “ayuda a desintoxicar el uso de las pantallas en muchos frentes”.

En la tierra o el ciberespacio, la realidad es que se ha acelerado la alfabetización digital, según Elena Pasoli, directora de la Feria del Libro Infantil de Bolonia, Italia. En la pasada y primera feria virtual, Pasoli escuchó que muchos editores empezaron a mostrar mayor interés en el desarrollo digital de sus contenidos. La puerta se abrió: “Habrá más desarrollos en esta dirección en el futuro”.


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