Algunos meses antes de que esa rara neumonía detectada en la ciudad de Wuhan, China, se convirtiera en la pandemia con mayor impacto socioeconómico de la historia. Investigadores de diversas partes del mundo ya habían activado las alarmas: el modo de habitar y consumir se volvió insostenible a largo plazo y, si no se toman medidas en la próxima década, los resultados pueden ser devastadores para el ambiente y la salud de todos.

La pandemia de COVID-19, desencadenada por el virus SARS-CoV-2, es una enfermedad de origen zoonótico, es decir, que tuvo lugar por el paso del patógeno de un huésped animal a los seres humanos, hecho que ya tuvo antecedentes con otros tipos de coronavirus, como el SARS que se desencadenó en China 2003 y el MERS, en Arabia Saudita en 2012.

Era posible que ocurriera nuevamente. El doctor Mariano Jäger, investigador y Director del Instituto de Medio Ambiente -IMA- de la Universidad Nacional de La Matanza -UNLaM-, mencionó: “El científico David Quammen, en 2012, planteó que la causa de la próxima epidemia mundial se debería a un virus zoonótico proveniente de un animal silvestre, probablemente un murciélago originario de algún mercado de China”.

“Sus predicciones partían del conocimiento de que las aproximadamente 1100 especies de quirópteros, más conocidos como murciélagos, representan alrededor del 20 por ciento de todas las especies de mamíferos, el segundo orden más numeroso de esta clase luego de los roedores”, comentó Jäger a la Agencia CTyS-UNLaM.

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La trasmisión de virus y generación de enfermedades provenientes de animales requiere de una interacción con ejemplares de estas especies -por medio de su captación y consumo- y la presión sobre ecosistemas que los obliga a salir de sus hábitats, dos factores presentes en los patrones de consumo y la estructura económica actual.

“La continua destrucción de bosques y hábitats silvestres, la depredación de los mares y las malas prácticas tanto industriales como comerciales son los principales motivos de la crisis ambiental, incluido el cambio climático, y muy posiblemente la causa de algunas pandemias pasadas y futuras”, detalló Jäger.

El presagio de Quammen se ha cumplido y la cuestión a futuro es saber qué medidas se podrían tomar para que no vuelvan a ocurrir. En palabras de Jäger, «el proceso de globalización genera una alta interdependencia, es por ello que las medidas deben ser globales».

La globalización y el aumento de la población mundial generó un aumento exponencial de la conectividad y el flujo de bienes y personas entre regiones distantes. En este contexto, se deben tomar medidas inmediatas: “Según la ONU, tenemos 10 años para evitar un aumento de la temperatura global promedio de 1.5 grados en relación con la era preindustrial”, indicó.

“Los modelos de predicción no nos dicen cuál será la distribución espacial del cambio climático esperado. Los efectos serán muy dispares si en una región es de 2,5 grados y en otra de 0,5 grados. Los impactos y sus consecuencias sobre la vida de las personas, la fauna y la flora, los cultivos, los ciclos de evapotranspiración, etc. serán diferentes en cada región”, agregó en un artículo publicado junto al investigador Carlos Fernández Balboa.

Un momento bisagra

Si bien el contexto se muestra complejo, Jäger ve en esta etapa una oportunidad para apreciar lo que ocurre en la naturaleza sin la constante interacción humana: “Especies que hace un año eran difíciles de ver han vuelto y en cantidad. La ausencia de insecticidas, humo y otros elementos alterantes, permitieron que en este corto plazo los insectos, tanto los deseables como los perjudiciales, hayan incrementado sus poblaciones”.

Pero, aunque el planeta Tierra se encuentre en una virtual quietud por los efectos de la pandemia, las discusiones en la agenda pública no han incluido la revisión de estos patrones de consumo e intercambio, y la reactivación de la economía sigue descansando en el desarrollo productivo a gran escala, sin pensar en el ambiente.

En esta lectura del problema sanitario y económico, el exceso de demanda sobre la tierra y los recursos naturales no entran en consideración, aun cuando estos hayan comenzado a dar pruebas de su erosión, contaminación y finitud.

Si bien organismos internacionales como la ONU, a través del programa IPBES, revelaron que el equilibrio entre capacidad productiva de las superficies naturales y la capacidad de absorción de los desechos generados por los humanos está llegando a un nivel difícil de restablecer, estos valores no tienen un peso significativo en las decisiones políticas.

“Hoy se necesita 1,6 planetas Tierra para sostener el agregado total planetario de consumo. Observando la desigual huella ecológica de los países que reporta la Global Footprint Network para 2019, vemos que, de 178 países estudiados, solamente 51 tuvieron un excedente de reserva de biocapacidad positiva y 127 mostraron un déficit de biocapacidad”, observó Jäger en un artículo.

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Cambiar la mirada

Como parte de las acciones a tomar post pandemia, Jäger reclamó una revisión de la forma en la que se observa y valora el entorno: “El esquema social de pensamiento, incluso el científico y el ambiental, tienen que ver con esta posición antropocéntrica que se ha adoptado, y dentro de eso, el economicismo”.

Frente al escenario pesimista, hay otro optimista. «La pandemia por el Covid-19 hará repensar la economía desde el ambiente, desde la vida, la sociedad reflexionará, entenderá y actuará sobre los inviables patrones de consumo actuales y los sistemas de producción”, ponderó el investigador.

Por último, subrayó que la salida a este contexto no puede recaer en lo que cada Estado decida individualmente. “Las soluciones estratégicas tienen que estar dadas a nivel global porque los problemas generados en la salud y en el ambiente no tienen fronteras. Si no hay articulación de las respuestas, a la larga será más de lo mismo”.

Fuente: Agencia CTyS