Tenemos un solo mundo y una sola salud”, resume en un artículo publicado en la revista Medicina Clínica Antoni Trilla, jefe del servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología del Hospital Clínic. En conversación telefónica con SINC, subraya la necesidad del trabajo conjunto de epidemiólogos, veterinarios, virólogos y más especialistas para dar una respuesta adecuada a la COVID-19, pero también para mirar más allá de esta pandemia.

“Lo que le pasa a uno puede acabar siendo un problema de todos y terminar en un lío como el que tenemos ahora”, dice Trilla, que también es decano en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona e investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal).

El nuevo coronavirus ha surgido en el mundo de la superpoblación, la globalización y la emergencia climática. La magnitud de la pandemia refleja las conexiones que existen entre las personas, los demás seres vivos y su entorno, tanto a escala local como global.

«La ciencia ha dejado claro que, si seguimos explotando la vida silvestre y destruyendo nuestros ecosistemas, en los próximos años tendremos un flujo constante de enfermedades pasando de animales a humanos», dijo la directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente -PNUMA-, Inger Andersen.

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Las pandemias son devastadoras para nuestras vidas y nuestras economías, y como hemos visto en los últimos meses, quienes más sufren son los más pobres y vulnerables. Para evitar futuros brotes, debemos proteger el medio ambiente de forma más decidida», añadió Andersen.

“Siempre ha habido epidemias, pero no con esta envergadura ni esta frecuencia”, resalta a SINC Jordi Serra-Cobo, del Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio). La pandemia actual es un “ejemplo extremo”, coincide Trilla.

La COVID-19 ha desnudado sistemas sanitarios y ha evidenciado la necesidad de respuesta global ante la crisis. “La ciencia ha respondido muy rápido, con todas las incertidumbres y complejidades del momento”, comenta a SINC Antoni Plasència, director general de ISGlobal.

En cambio, es más crítico con la reacción más bien débil y aislacionista de los gobiernos: “No es una respuesta a la altura de los retos de la salud global”, otro concepto -global health, en inglés- que recuerda que la salud no entiende de fronteras. “El virus se comporta igual en todas partes”.

Salud global

Economías emergentes de zonas muy pobladas

Si retrocedemos en una descripción ordenada de los hechos, el epicentro de la pandemia tuvo lugar en un mercado de animales de Wuhan, una ciudad china de más de once millones de habitantes.

Los mercados de animales vivos, tanto si son salvajes como domésticos, son un foco de generación de virus, porque los animales y los humanos entran en contacto”, explica a SINC Natàlia Majó, directora del Centro de Investigación en Sanidad Animal -IRTA-CReSA- y profesora en la Universidad Autónoma de Barcelona -UAB-.

A finales del año pasado, el nuevo coronavirus saltó de un animal -aún sin determinar- a las personas, aprovechando la densidad de población y los viajes por el año nuevo lunar para extenderse.

El principio de esta historia reúne los tres factores que, según Serra-Cobo, son claves en una epidemia: el salto de un patógeno de una especie a otra, la capacidad de amplificación y la movilidad. “No es que en el sureste asiático haya más patógenos, sino que es una zona emergente, con mucha demografía y muy conectada”, apunta este experto, que hace treinta años que estudia la dinámica y el origen de estos microbios.

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Precisamente las enfermedades humanas de origen animal son una de las obsesiones para la salud global. Majó aclara que la mayoría de enfermedades animales no afectan a las personas, pero aunque sea “un grupo pequeño de patologías”, sus consecuencias pueden ser enormes.

Un editorial de la revista One Health publicado a mediados de febrero, antes de que hubiese transmisión comunitaria sostenida del virus fuera de China, advertía que los coronavirus, familia de la cual forma parte el SARS-CoV-2, afectan especialmente a la «salud única y global».

Más allá de las enfermedades infecciosas, la perspectiva de «una salud» también tiene en cuenta otros problemas globales, como la resistencia a los antibióticos, “una amenaza real que está ahí y cualquier día nos pega un susto”, avisa la viróloga Margarita del Val, coordinadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España -CSIC-.

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Otras cuestiones que conciernen a todo el planeta son la seguridad alimentaria, las enfermedades crónicas y los trastornos mentales.

Pero de entre todos estos retos, las zoonosis siguen siendo la prioridad. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos calculan que más de la mitad de todas las infecciones que las personas pueden contraer tienen un origen animal.

Algunos ejemplos son el virus del VIH, que saltó de los gorilas y chimpancés, y la gripe A (H1N1), de origen porcino. Estos virus causan cada año 2.500 millones de casos de enfermedad y 2,7 millones de muertes, según la institución estadounidense.

La prioridad: enfermedades de origen animal

A pesar de que las conexiones entre la salud humana, animal y ambiental ahora parezcan obvias, la veterinaria y la ecología han permanecido segregadas de la salud humana, denuncia un artículo publicado en 2017 en One Health, que reclamaba la necesidad de una investigación multidisciplinar para afrontar retos complejos y globales como este. Y no es el único.

Otra revisión, publicada al año siguiente en The One Health Concept, también señalaba la visión reduccionista de la salud y la falta de comunicación entre disciplinas como la principal barrera de esta cooperación científica.

Los científicos del centro de investigación que dirige Majó se dedican mayoritariamente a las enfermedades del ganado -cerdos, vacas y aves- que pueden afectar a las personas. Para ella, la propagación mundial de la gripe aviar a principios de este siglo ya despertó el interés del sector médico en enfermedades que antes se habían considerado puramente del mundo animal.

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Casi todas las pandemias recientes se originan en animales y su aparición a menudo implica interacciones dinámicas entre poblaciones de vida silvestre, ganado y personas en entornos que cambian rápidamente”, asegura una investigación publicada en 2017 en la revista Nature Communications.

“Aunque somos muy urbanos y asépticos, estamos más expuestos y somos más vulnerables a la naturaleza de lo que creemos”, apunta del Val, que comenzó su carrera científica con la peste porcina africana.

La presión del ser humano sobre su entorno aumenta el riesgo de contraer enfermedades infecciosas e incide en su distribución por el planeta, advierte el proyecto The Lancet Countdown. Esto afecta sobre todo a los niños, que son más susceptibles a las enfermedades diarreicas, causadas por bacterias, y sufren los efectos más graves del dengue y la malaria.

Estas enfermedades se transmiten por picaduras de mosquito, que logran sobrevivir todo el año gracias a los cambios de temperatura, humedad y precipitación. Estas tendencias climáticas que favorecen la transmisión son “preocupantes”, dicen los autores del informe.

Crisis de salud pública, crisis ecológica

La destrucción de hábitats por la deforestación y la urbanización contribuye a la aparición de enfermedades emergentes, sobre todo en zonas tropicales con mucha biodiversidad. La Organización Mundial de la Salud -OMS- es clara: “La crisis climática es una crisis sanitaria”.

“Las zoonosis originadas en la vida silvestre representan una amenaza significativa para la salud global, la seguridad y el crecimiento económico”, sigue el artículo de Nature Communications, que subraya que “combatir su aparición es una prioridad de salud pública”.

Algunos de los patógenos que contienen potencial epidémico son el SARS, el MERS, el ébola, el zika y otras patologías de la lista de enfermedades prioritarias. La OMS cierra esta lista con la enigmática “enfermedad X”, en referencia a la posible aparición de un virus desconocido, tal como ocurrió con el nuevo coronavirus.

“La imprevisibilidad de la aparición de patógenos significa que la primera línea de defensa debe ser una vigilancia efectiva”, defiende una revisión en Trends in Ecology and Evolution.

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Pero esta pandemia no es la primera ni será la última. “Después de la enfermedad X, podrán llegar la Y y la Z”, asegura Plasència. En un comentario reciente en Nature Medicine defiende la movilización global a gran escala para controlar enfermedades, como ya se hizo con la viruela, la polio y el sarampión, con la participación de la OMS y mecanismos de coordinación internacional. En este sentido, Plasència reitera la necesidad de potenciar el multilateralismo: “La OMS es el mensajero que pone en evidencia que no hay una gobernanza global”.

Tal y como expresaba en un artículo de opinión publicado en The New York Times António Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU): “La ciencia nos grita que se nos acaba el tiempo y nos acercamos a un punto sin retorno para la salud humana que depende de la salud planetaria”.


 

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